Biblia Explicada · Éxodo · Sermón 01

Dios, Moisés y el faraón

Éxodo 1–2:10 · Publicado 2026-09-28 · 29:07

¿Qué sostiene al pueblo de Dios cuando parece que la opresión tendrá la última palabra? Al recorrer Éxodo 1 y el nacimiento de Moisés en Éxodo 2, el Dr. Toby Holt muestra cómo Dios cumple su pacto y preserva a los suyos bajo las amenazas del faraón. La liberación no termina al salir de la esclavitud: conduce al encuentro con Dios. El contraste entre las construcciones opresivas del faraón y el tabernáculo presenta el centro del mensaje: Dios libera a su pueblo para habitar con él.

Preguntas que responde este episodio:

  • ¿Por qué presenta Holt el Éxodo como la historia de quienes comparten la fe de Abraham?
  • ¿Cómo frustra Dios el plan del faraón mediante la preservación de Moisés?
  • ¿Qué revela el contraste entre las construcciones del faraón y el tabernáculo acerca del propósito de la liberación?

Pasaje principal: Éxodo 1–2:10

Predicador: Dr. Toby Holt.

Traducción al español y doblaje generado con inteligencia artificial a partir del sermón original del Dr. Toby Holt. Audio producido localmente con una voz sintética basada en la del predicador.

Transcripción revisada en español: leer o descargar el texto.

Capítulos

  1. 0:05 Éxodo también es nuestra historia
  2. 1:54 José muere, pero el pacto continúa
  3. 6:46 La opresión del faraón y la promesa a Abraham
  4. 12:45 Las parteras temen a Dios
  5. 16:07 La preservación del pueblo del pacto
  6. 18:42 El nacimiento de Moisés
  7. 21:33 En las manos providenciales de Dios
  8. 27:14 Dios libera a su pueblo para habitar con él

Transcripción

Bienvenidos a la primera parte de nuestra serie de 10 partes sobre el libro de Éxodo. En el estudio de hoy aprenderemos acerca del nacimiento de Moisés, las amenazas del faraón y la oración del pueblo de Dios por su liberación. ¿Por qué Éxodo? Entre todos los libros de la Biblia, ¿por qué este en particular? Tengo una teoría. Mi teoría es esta: probablemente conocen Éxodo mejor que casi cualquier otro libro, al menos del Antiguo Testamento.

Han oído hablar de las plagas, los Diez Mandamientos, la Pascua, la zarza ardiente, el maná en el desierto y otras cosas semejantes. Han oído esas cosas. Han oído la historia de la esclavitud y la opresión que sufrieron los israelitas bajo la bota de los egipcios y de su faraón. Y han oído la historia de la liberación que llegó por medio de Moisés. Casi todo lo que estudiaremos durante esas diez semanas ya lo han encontrado antes.

Entonces, ¿por qué estudiar Éxodo? Pues bien, a pesar de todo lo que sabemos, o creemos saber, acerca de Éxodo, hay algo que la mayoría ha pasado por alto. Es esto: casi siempre hemos escuchado la historia de Éxodo como algo que les sucedió a los judíos, a los israelitas, a un pueblo distinto del nuestro, hace mucho tiempo y en un lugar muy, muy lejano. Pensamos en el faraón y en su bota sobre ellos. Pensamos en la liberación. Y todas estas cosas las vemos de esa manera: eso fue lo que Dios hizo con los judíos.

Al mismo tiempo, pasamos por alto lo siguiente. El libro de Éxodo no es simplemente la historia de otro pueblo étnico. Es nuestra historia, la de ustedes y la mía. Si tenemos la fe de Abraham, somos hijos de Abraham. Y si ustedes y yo somos hijos de Abraham, entonces Éxodo, Éxodo es nuestra historia. Durante diez semanas veremos que Éxodo es nuestra historia, la historia de la iglesia. Bien, entremos de lleno y veamos por qué es así.

Veamos los versículos 1 al 7, el comienzo mismo de este libro. Capítulo 1, versículos 1 al 7. Voy a leer el texto y, como hacemos habitualmente, iremos recorriéndolo hasta donde el tiempo nos permita. Versículos 1 al 7: «Estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob, cada uno con su familia: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Isacar, Zabulón, Benjamín, Dan, Neftalí, Gad y Aser. Todos los descendientes de Jacob eran setenta personas, porque José ya estaba en Egipto. Y murió José».

Me llama la atención la sencillez con que Dios lo dice: José ha muerto. «Murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación». Pero el pacto continúa. «Los hijos de Israel fueron fecundos y aumentaron abundantemente. Se multiplicaron, se hicieron muy fuertes y llenaron la tierra». Bien, detengámonos ahí.

Como dijimos hace unos momentos, el libro de Éxodo continúa el relato histórico que encontramos en Génesis. Tenemos Génesis y tenemos Éxodo, y una historia desemboca directamente en la otra. Éxodo retoma la historia donde la dejó Génesis. Como recordarán, al final de Génesis el pueblo de Dios había ido a Egipto para escapar de una hambruna. Si recuerdan aquel relato, una hambruna había alcanzado a Jacob y a su familia en la tierra de Canaán. Buscaron provisiones y ayuda. ¿Dónde? En Egipto. Así que acudieron a Egipto.

Al principio, diez de los once hermanos fueron a Egipto y entraron en contacto con José. Como cuenta la historia, José termina reconociéndolos como sus hermanos. Después de toda una serie de intrigas palaciegas, los invita a venir y quedarse. Y eso hacen. La familia se traslada a Egipto para escapar de la hambruna que, de otro modo, habría acabado con ellos.

Se quedan en Egipto durante mucho tiempo. Tanto tiempo que José muere, los hermanos mueren y todos los de aquella generación mueren. Eso es lo que vemos en estos primeros versículos. Al principio, las cosas les habían ido bien a los del pueblo de Dios en Egipto, ¿verdad? Al principio, francamente, todo había marchado muy bien. Había sido una buena época para todos mientras estaban allí. Bajo la protección inicial de José, e incluso durante un tiempo después, habían recibido una buena tierra, un buen lugar donde establecerse.

Fueron bendecidos durante mucho tiempo, aun después de la muerte de José. El versículo 7 dice que, como resultado de esas bendiciones, fueron fecundos y se multiplicaron. Es el mandato de ejercer dominio que encontramos en otros lugares de las Escrituras. Fueron fecundos, se multiplicaron y comenzaron a llenar la tierra. Hasta ahí, todo va bien. Hasta ahí, la historia marcha bien para el pueblo de Dios. Pero, a su debido tiempo, como vemos en el versículo 6, José muere.

Llega a los 110 años, como leemos en Génesis 50, y entonces muere. Las generaciones siguientes también van muriendo. Y eso nos lleva al versículo 8.

En el versículo 8 cambian los vientos. Llegan noticias inquietantes. ¿Qué noticias? Veámoslo juntos. Versículo 8: «Se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José». Se levantó un nuevo rey sobre Egipto. Con estas sencillas palabras entra en escena el mayor villano del Antiguo Testamento. ¡Tum, tum! Se levantó un rey que no conocía a José. Ahora bien, ¿quién es este hombre? ¿Qué rey es? ¿Qué faraón es? Francamente, hay mucho debate sobre la identidad de este faraón. Según el destacado teólogo Cecil B. DeMille, aquí se trata de un faraón llamado Ramsés.

Otros no están de acuerdo con Cecil B. DeMille. Dirían que fue Amenhotep, o un hombre llamado Tutmosis, o Tutankamón, a quien conocen como el rey Tut. Hay varios candidatos. Y ni siquiera estoy mencionándolos a todos. Distintas personas piensan que pudo ser este faraón o aquel otro.

Lo fascinante es que la Biblia ni siquiera se molesta en darnos su nombre. A mi parecer, es un caso de ironía divina. Les explico por qué. De todas las culturas de la antigüedad, de todas ellas, ¿pueden adivinar qué gobernantes daban más importancia a ser recordados en los años venideros? Los de Egipto. Los faraones querían que los recordaran. Por eso construyeron todas aquellas pirámides y tantas otras cosas. Querían ser recordados después de su muerte. Era muy, muy importante para ellos que se los recordara en el futuro.

De ahí todos sus proyectos de construcción y cosas semejantes. Levantaban monumentos en honor a su nombre. Querían ser recordados. Por eso hay una maravillosa ironía divina en que Dios, en las Escrituras, ni siquiera se moleste en dar el nombre de este hombre. Dicho esto, lo principal del versículo 8 es que, quienquiera que fuera este faraón, no conocía a José. Y eso implica que no sentía ninguna empatía ni obligación hacia los descendientes de José.

Veamos ahora los versículos 9 al 14. Este faraón, este rey, quienquiera que fuera, dijo a su pueblo, en el versículo 9: «“Miren, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros. Actuemos con astucia contra ellos, para que no se multipliquen y suceda que, en caso de guerra, se unan a nuestros enemigos, luchen contra nosotros y se vayan de nuestra tierra”. Por eso pusieron sobre ellos capataces para afligirlos con sus cargas. Y edificaron para el faraón las ciudades de almacenamiento de Pitón y Ramsés.

Pero cuanto más los oprimían, más se multiplicaban y crecían. Los egipcios llegaron a sentir temor ante los hijos de Israel. Los obligaron a servir con dureza y amargaron su vida con una dura esclavitud: trabajos con barro y ladrillos, y toda clase de labores en el campo. Todo el servicio al que los obligaban era con dureza». Se repite porque el énfasis está en lo difícil, brutal y penoso de aquel servicio.

En estos versículos, del 9 al 14, vemos que el nuevo faraón va a cambiar el acuerdo que existía entre los judíos y los egipcios. Había habido cierto arreglo durante un tiempo. Probablemente había cambiado algo a lo largo de los siglos, pero ahora él va a modificarlo considerablemente. ¿Por qué haría eso? ¿Qué razón tenía? El pretexto para el cambio, en el versículo 9, era la amenaza de los judíos. Si seguimos dejando que crezcan, sean fecundos y se multipliquen, terminarán dominando la tierra. Él dice: «No, no podemos permitirlo.

Si los judíos siguen siendo fecundos y multiplicándose, serán más numerosos que nosotros. Y, francamente, los hititas del norte ya quieren venir a meterse con nosotros. Si vienen y encuentran a los judíos dispuestos a colaborar con ellos, podríamos quedar en minoría en nuestra propia tierra. Tenemos que actuar. Tenemos que hacer algo». El faraón ve una amenaza en el pueblo de Israel y decide actuar.

Esa era, al menos, una parte de su motivación. Sin embargo, probablemente no había comprendido la historia de Egipto tan bien como debía antes de tomar aquellas decisiones. No había mirado atrás para reconocer que, mientras los judíos estuvieron dentro de sus fronteras, las cosas habían ido francamente muy bien. Mientras el pueblo de Dios estuvo allí, también estuvo la provisión de Dios. Al parecer, el faraón no le había prestado atención, no había leído los libros de historia o sencillamente no le importaba.

Entonces, ¿qué le importaba? Como a todos los faraones, y ya lo mencionamos, le importaba su nombre. Le importaban sus ambiciones, sus proyectos de construcción. Le importaba ampliar el poder y la autoridad de Egipto durante su reinado.

Miraba a su alrededor y pensaba: «Quiero hacer grande a Egipto. Vamos a mejorar Egipto». Cuando miraba a los judíos, veía una fuente de trabajo forzado, de trabajo obligatorio que podía acelerar la realización de sus planes. Por una parte, quizá los veía como una amenaza; eso era, sin duda, lo que decía. Pero, además, uno tiene la impresión de que miraba todo lo que quería hacer y pensaba: «Podemos utilizar a estos hombres. Podemos ponerlos a trabajar de verdad.

Ya trabajaban antes, pero si apretamos las tuercas y los ponemos a trabajar con vigor o con rigor» —recuerden que esa palabra apareció varias veces—, «entonces sí que podremos construir». Ese era su deseo, y ese es el trabajo que describen los versículos 12 al 14. La relación que los judíos habían tenido hasta entonces empeora mucho. Ahora se presenta como una esclavitud abierta al servicio de los proyectos de construcción del faraón.

Permítanme hacerles una pregunta. ¿Podría alguien haber previsto todo esto? La respuesta es sí. Les explicaré por qué. Si retrocedemos mucho en Génesis, mucho, hasta Génesis 15, estamos todavía al comienzo del libro. Es cuando Dios hace su pacto con Abraham, el primer judío, el primer judío. En Génesis 15, Dios establece su pacto con Abraham y le habla de lo que traerá el futuro. Descendientes tan numerosos como la arena del mar y las estrellas del cielo, la tierra de Canaán, la tierra prometida, todas esas cosas.

El futuro es tan brillante que hace falta ponerse gafas de sol. Pero algo se acerca. Algo se acerca. Esas mismas personas que descenderán de ti, en cierto momento, serán esclavizadas por una nación extranjera.

En Génesis 15, Dios advierte a Abraham acerca de Egipto mucho antes de que ocurra. Le dice: «Ten por cierto que tus descendientes serán extranjeros en una tierra que no será suya. Allí servirán a otros y serán afligidos durante 400 años». Siglos antes, Dios le había dicho a Abraham, el padre de los judíos, el primer judío, lo que sucedería. Moisés también habría conocido ese desenlace. Después de todo, él fue quien escribió Génesis.

Pero Moisés también sabía que, aunque llegaría aquella temporada, en su debido tiempo Dios libraría a los suyos. Porque, justo después de hablarle a Abraham de la aflicción de los judíos, justo después de advertirle lo que iba a pasar, también le dijo: «La nación de la que te hablo, la nación a la que servirán, aquella que los tendrá esclavizados, yo la juzgaré. Después, mi pueblo saldrá con grandes posesiones».

«Abraham, llegará un tiempo en que el pueblo será esclavizado en una tierra extranjera y permanecerá allí mucho tiempo. Pero, a su debido tiempo, saldrá. A su debido tiempo, enviaré liberación. Serán sacados de la esclavitud. Y cuando salgan, saldrán con grandes posesiones». Es interesante, porque eso es exactamente lo que veremos cuando avancemos un poco más en nuestro estudio. El punto es este: ya en Génesis, en Génesis 15, encontramos toda la trama del libro de Éxodo.

Lo que Dios le dijo a Abraham contenía los acontecimientos principales de lo que sucedería siglos después en Éxodo. Aunque vendría una gran opresión, no duraría para siempre.

Hemos hablado de las intenciones del faraón de oprimir al pueblo de Dios, de esclavizarlo. Por desgracia, eso era solo una parte de su malvado plan. En los versículos siguientes va a redoblar sus perversas intenciones. Versículos 15 al 22: «El rey de Egipto habló a las parteras hebreas. Una se llamaba Sifra y la otra, Fúa. Les dijo: “Cuando atiendan a las mujeres hebreas en el parto y las vean en el asiento de dar a luz, si nace un hijo varón, mátenlo; si es una hija, déjenla vivir”. Pero las parteras temían a Dios.

No hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaron vivir a los niños varones. Entonces el rey llamó a las parteras y les preguntó: “¿Por qué han hecho esto? ¿Por qué han dejado vivir a los niños varones?”. Las parteras respondieron al faraón: “Porque las mujeres hebreas no son como las egipcias. Son vigorosas y dan a luz antes de que llegue la partera”. Dios trató bien a las parteras, y el pueblo se multiplicó y se hizo muy fuerte. Y, como las parteras temían a Dios, él les concedió familias.

Entonces el faraón ordenó a todo su pueblo: “A todo hijo varón que nazca, échenlo al río; a toda hija, déjenla vivir”».

En la primera mitad del capítulo 1, el faraón demostró su depravación. Recuerden que lo llamamos el mayor villano del Antiguo Testamento. Lo demostró al esclavizar a todo el pueblo de Dios. Esclavizó a todo un pueblo y lo señaló como enemigo. No solo lo esclavizó: lo acusó de ser enemigo de la nación. Y eso ni siquiera fue lo peor. En la última mitad del capítulo 1, para impedir que fueran fecundos y se multiplicaran, decreta que todos los niños varones, todos los bebés varones, deben morir.

Supongamos por un momento que todo hubiera ocurrido exactamente así. Supongamos que, desde entonces, hubieran matado a todos los niños varones. Llevado hasta sus últimas consecuencias, aquello habría conducido al exterminio de los judíos como pueblo. El pueblo de Dios, el pueblo de su pacto, habría sido eliminado si se hubiera permitido que aquello continuara. Y al faraón ese resultado le parecía perfectamente bien. Un comentarista dijo que, en cierto sentido, se podría afirmar que el faraón fue el primer Hitler.

Tanto en Egipto como en Alemania, ¿cómo se presentaba a los judíos? En ambos casos los llamaban enemigos del pueblo, enemigos internos. Después se presentaban sus muertes, sus muertes, como algo bueno y necesario para el bienestar de la patria.

En ambos casos, los judíos fueron convertidos en chivos expiatorios. En la Alemania del siglo XX y mucho, mucho antes, aquí en el libro de Éxodo, se culpaba a los judíos de los problemas internos. Hasta tal punto que sus muertes, incluso las de los bebés, se consideraban una buena política, una buena política para construir un Egipto más próspero. En cierto sentido, todos aquellos siglos después, Hitler no hacía más que tomar prestadas las estrategias del faraón.

De hecho, muchas naciones intentaron seguir esas mismas estrategias, porque muchas enfrentaron a Israel con la intención de exterminarlo. La hostilidad de Egipto y la de Alemania contra los judíos tendría sus paralelos, en el Antiguo Testamento, entre los filisteos, los amorreos, los moabitas y los hititas. Más tarde, entre los asirios, los babilonios, los griegos y los romanos. Prácticamente todos tenían la misma intención.

Les hago una pregunta. ¿Han conocido alguna vez a un filisteo? ¿Han conocido a un amorreo, a un hitita, a un jebuseo o a alguien semejante? ¿Por qué no? Suponiendo que no hayan conocido a ninguno, ¿por qué no? ¿Por qué no se han encontrado con uno? La respuesta evidente es que ya no están. No han conocido a un amorreo, a un hitita ni a un jebuseo porque no queda ninguno. Han desaparecido, sepultados en las arenas del tiempo. El faraón, este faraón y todos los faraones, han muerto. Lo mismo ocurre con los césares y con su imperio.

Todas las naciones que tuvieron esclavizado a Israel han desaparecido. Están enterradas en las arenas del tiempo. Sin embargo, ¿saben qué? Los judíos todavía permanecen.

Todas esas entidades, todas esas naciones, que en casi todos los casos eran más poderosas que los judíos, han desaparecido. Israel permanece. ¿Creen que es un accidente? Los hititas, los amorreos, los filisteos, los jebuseos, los amorreos y todos los demás pueblos semejantes han desaparecido, sepultados en las arenas del tiempo. Los griegos, los romanos, los babilonios: desaparecidos, desaparecidos, desaparecidos. Israel sigue allí. No es un accidente. ¿Por qué? Porque Dios hizo una promesa.

Dios tenía un pacto con su pueblo, un pacto que protegería y preservaría.

Aunque atravesaran temporadas difíciles —piensen en lo que Dios le dijo a Abraham allá en Génesis 15—, aunque llegaran tiempos difíciles, Dios siempre preservaría un remanente. Un remanente al que seguiría restaurando, incluso hasta el siglo XX, en la misma tierra que había prometido a Abraham. ¿Un accidente? No lo creo. Si alguna vez quieren una prueba de que Dios existe, tomen un globo terráqueo y tracen un círculo alrededor de Israel en el mapa. A veces Rand McNally tiene mejor teología que algunos otros.

Al mirar hacia adelante, Éxodo nos demuestra que, sin importar lo que le sucediera al pueblo de Dios, Dios velaría por él, lo protegería y lo resguardaría. No hizo esa promesa a Egipto. No se la hizo a los filisteos. No se la hizo a ninguna de esas otras naciones. Pero sí se la hizo a Israel, y la ha cumplido. Hasta el punto de que, todos estos siglos después, tras padecer opresión, exilio y holocausto, siguen allí. Eso desafía todo lo que quienes escriben la historia podrían esperar de esta pequeña nación. No es un accidente.

Dios hizo una promesa. Dios la cumplió.

Pasemos ahora al capítulo 2. A lo largo de todo nuestro estudio veremos que Dios hace promesas y las cumple. Veamos cómo sigue cumpliéndose la promesa. Miremos por unos momentos el capítulo 2, versículos 1 al 10, para ver qué sucedió después de que el faraón intentara acabar con los israelitas. Versículos 1 al 10: «Un hombre de la casa de Leví se casó con una mujer de la misma tribu. Ella concibió y dio a luz un hijo. Al ver que era un niño hermoso, lo escondió durante tres meses.

Pero, cuando ya no pudo ocultarlo, tomó una arquilla de juncos, la recubrió con asfalto y brea, puso al niño dentro y la dejó entre los juncos a la orilla del río. Su hermana se quedó a cierta distancia para ver qué le sucedería.

Entonces la hija del faraón bajó a bañarse al río, mientras sus doncellas caminaban por la orilla. Al ver la arquilla entre los juncos, envió a una criada para que la recogiera. Cuando la abrió, vio al niño. El bebé lloraba. Ella tuvo compasión de él y dijo: “Este es uno de los niños hebreos”. Entonces la hermana del niño preguntó a la hija del faraón: “¿Quieres que vaya a buscar a una nodriza entre las mujeres hebreas para que amamante al niño por ti?”. La hija del faraón le respondió: “Ve”. Y la muchacha fue a llamar a la madre del niño».

Fue a llamar a la madre de Moisés. «La hija del faraón le dijo: “Llévate a este niño y amamántalo por mí. Yo te pagaré”. La mujer tomó al niño y lo amamantó. Cuando creció, lo llevó a la hija del faraón, y él llegó a ser su hijo. Ella le puso por nombre Moisés, diciendo: “Porque lo saqué del agua”».

En el capítulo 1 vimos el plan del faraón para matar a todos los bebés judíos. Al comienzo del capítulo 2 leímos del nacimiento de un niño en particular bajo aquel decreto. ¿Qué niño era? Moisés. El versículo 1 dice que un hombre y una mujer de la casa de Leví tuvieron un hijo. Después de intentar esconderlo durante unos tres meses, las circunstancias los obligan a ponerlo en una arquilla y dejarlo ir por el río.

Los padres que están aquí, pónganse por un momento en su lugar. Especialmente las madres. Tienen un hijo, un hijo hermoso, maravilloso. Durante tres meses pueden tenerlo en brazos cada día y cada noche. Es su hijo. Pero, por el decreto de un hombre malvado, de un Estado malvado, por así decirlo, se ven obligados a desprenderse de él, a ponerlo en una arquilla de juncos y dejarlo ir por el río. Debió de ser desgarrador. Debió de ser desgarrador. Parece que, durante aquellos meses, el cerco del faraón se había ido estrechando.

Eso llevó a la madre de Moisés a hacer lo impensable para cualquier madre, para cualquier padre: poner a su hijo en el río, tal como había ordenado el faraón en el versículo 22.

Sin embargo, fíjense en el versículo 3: la madre preparó un arca. Recordemos lo que había dicho el faraón: «A todos esos niños, échenlos al río». La madre sí puso al niño en el río, pero lo hizo dentro de un arca. Eso es significativo por varias razones. Una de ellas es que, al escuchar la palabra arca, pensamos en el arca de Noé. El arca de Noé era una embarcación, un instrumento construido para dar refugio y proteger al pueblo de Dios de aquello que, de otro modo, lo habría matado, lo habría ahogado. Aquí vemos lo mismo.

La madre construye algo para dar refugio y proteger a este niño mientras lo envía al mundo, por así decirlo: a las corrientes o a los rápidos de aquel río.

Detengámonos un momento. ¿Creen que la madre de Moisés hizo lo correcto? No tienen que responder en voz alta; piénsenlo. ¿Hizo lo correcto? ¿Estuvo bien que entregara a Moisés al decreto y al mandato del faraón? Creo que esa es una manera equivocada de verlo. No creo que estuviera entregando a Moisés al decreto ni al mandato del faraón. Más bien, creo que, en ese momento, las circunstancias no le dejaban otra opción que poner a su hijo en las manos providenciales de Dios. No se trataba de arrojar al niño al río.

En realidad, no se trataba del faraón. En aquel momento, las circunstancias no le dejaban otra opción. Si el niño había de sobrevivir, ella sabía que ya no podía ser bajo su cuidado. Por amor a su hijo, lo toma y se lo devuelve a Dios, por así decirlo.

Toma a quien se le había confiado durante aquellos tres meses. Prepara el arca lo mejor que puede y la coloca en las aguas, cuyas corrientes dirige Dios mismo. Pone a su hijo en las manos de un Dios bueno y providente. Hay padres aquí que, hasta cierto punto, pueden identificarse con esto. ¿Qué quiero decir? Aunque Moisés tenía solo tres meses, todos los padres que están aquí llegarán al día en que envíen a sus hijos al mundo. Todos conocen, o conocerán, la experiencia de tener que confiar en Dios por su pequeño.

Confiar en que Dios hará algo bueno con el hijo que les ha dado durante una breve temporada, sean tres meses, 18 años o el tiempo que sea.

Todos los padres comprenden lo que significa tomar a esa persona tan preciosa que les ha sido confiada durante una temporada, y entregarla a las manos providenciales de Dios. Saben que, en cierta medida, tienen que dar un paso atrás, retirarse un poco, y confiar en Dios: «Cuida a mi hijo. Cuida a mi hija. Que tu amor bueno y constante, el que me has mostrado todos mis días, permanezca sobre mi hijo cuando salga a enfrentar circunstancias de las que ya no puedo resguardarlo ni protegerlo». Eso es difícil. Si les ha tocado hacerlo, lo saben.

Es difícil.

Eso es lo que está haciendo esta madre con su niño de tres meses. Dice: «Dios es bueno. Dios tiene el control. Dios es soberano. Dios ha ordenado estas circunstancias. No las entiendo. No me gustan. Pero sé que él puede hacer lo que yo ya no puedo hacer en este momento: proteger a mi hijo».

Así que lo pone en el río. En los versículos cinco al diez vemos que Dios responde inmediatamente. Dios responde. No es que ella dejara al niño y, una semana o un mes después, Dios pasara por allí y dijera: «Mira, un bebé. ¿Qué hago?». En el momento en que ella entrega al niño —que, desde el principio, ya pertenece a Dios—, en ese mismo momento, hablando figuradamente, los brazos de Dios están allí. Dios dirige providencialmente cada detalle:

la hora en que ella lo hizo, quién estaría junto a la orilla, la corriente del río, el tiempo que hacía ese día. Todo fue dirigido providencialmente para que aquella cesta llegara precisamente a los brazos de la persona que mejor podía cuidar de este niño. Esa persona era la hija del faraón.

Dios utilizó aquella situación insoportable e impensable para producir, francamente, el mejor resultado que podían esperar en ese momento. Utiliza aquel giro increíble de los acontecimientos, con el río, el agua y todo lo demás, para colocar a Moisés exactamente donde debía estar. ¿Hay ironía en esto? Por supuesto. Es profundamente irónico. A Dios le agrada actuar con ironía, por así decirlo. Le agrada desconcertar nuestras expectativas sobre lo que hará y le agrada frustrar las tramas y los planes de los malvados.

Eso es lo que vemos desde el versículo 5 hasta el versículo 10.

Dios frustra irónicamente el propio plan del faraón. ¿Cómo? Enviando al libertador del pueblo de Dios a la casa del propio faraón. Dios contempla toda aquella situación y decide desbaratar y poner de cabeza el plan del faraón, enviando al futuro libertador de su pueblo a la casa del propio faraón. Eso no es solo irónico. Es genial. Es genial. ¿Por qué? Porque Moisés está ahora en el único lugar donde los decretos de muerte del faraón no pueden alcanzarlo. ¿Lo ven? Está en el único lugar donde estará protegido.

Si otra mujer judía río abajo lo hubiera encontrado y hubiera dicho: «Mira, un bebé», él habría seguido corriendo el mismo peligro, ¿verdad? Pero este niño está ahora en manos de la persona que, más que ninguna otra, podía protegerlo: la hija del faraón.

Moisés crecería protegido en aquellas circunstancias. Además, gracias a la soberanía de Dios, estaría en un lugar desde el que podría observar cómo actuaban los egipcios, cómo actuaba el faraón y cómo funcionaba la corte. Sin duda, todo esto le ayudaría años después, cuando tuviera que volver a Egipto y decir: «Deja ir a mi pueblo». Todo lo que aprendió entonces le serviría para aquella declaración futura.

Al terminar esta mañana, permítanme ofrecerles una última reflexión. El capítulo 1 de Éxodo tiene elementos muy oscuros y difíciles. Comienza con la muerte de José. Aparece José, y está muerto. Unos versículos después, todo el pueblo de Dios está esclavizado. Hay opresión. Y, como si eso no fuera suficiente, llega este decreto contra todos los niños varones. Un decreto que, en último término, si Dios no hubiera intervenido, habría conducido al exterminio de los judíos como pueblo. Al comenzar Éxodo, uno diría que las cosas pintan muy mal.

Esos son los elementos oscuros del capítulo 1. También está el plan del faraón de construir un imperio utilizando y maltratando al pueblo de Dios para lograrlo.

Ahora bien, voy a adelantarles el desenlace. Cuando lleguemos al final del libro de Éxodo, al final de este estudio, dentro de nueve semanas, todo habrá dado un vuelco. Todo será distinto de lo que acabamos de leer. Al final de Éxodo, el faraón estará muerto. El pueblo de Dios estará libre. Y eso es solo el comienzo. Para entonces, el proyecto de construcción del faraón, el proyecto con el que comienza el libro, habrá desaparecido. Será apenas un recuerdo. Habrá sido reemplazado por otro proyecto de construcción: el proyecto de Dios.

¿Qué va a construir Dios? El tabernáculo.

El proyecto que el faraón, el mayor villano del Antiguo Testamento, había propuesto diciendo: «Vamos a construir esto», habrá quedado atrás. Pero el proyecto de Dios, la construcción de su tabernáculo, sería una imagen del templo que vendría después. Ese proyecto apenas estará comenzando al final del libro. La última mitad describe la construcción del tabernáculo de Dios: un lugar donde Dios no oprimiría al pueblo que lo había construido, sino que se encontraría con él.

En ese sentido, y en muchos otros, Éxodo es una representación en pequeño de toda la historia de la Biblia: la historia de Dios que libera a su pueblo para habitar con su pueblo. Oremos.

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